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SUS MAJESTADES SATÁNICAS

Antes que nada, quiero aclarar que los Rolling Stones me gustan. No entro (ni nunca lo hice) en la pelotuda dicotomía Beatles o Stones. Disfruto con los dos.
Pero también es verdad, que a diferencia de los Cuatro Fantásticos, ellos sobrevivieron estoicos y más o menos decentemente a muertes, peleas, cambios de sociedad y de humor de sus integrantes hasta el día de hoy, cuando en vez de disfrutar de sus nietos y de los (suculentos) royalties, se empeñan en montar el circo cada dos años.
Y es que nadie les dice que no tienen nada nuevo que ofrecer… ¡siempre quedarán los discos! Basta con ver lo que eran (aquellas Majestades Satánicas que escandalizaban a su paso) y en lo que se convirtieron (Mick Jagger: “Caballero del Imperio Británico”, Keith Richards: icono publicitario de Louis Vuitton… cuando no se cae de un cocotero, Ron Wood: ¿no se parece cada vez más a Rod Stewart… teñido? y Charlie Watts… Charlie Watts siempre fue viejo, o sea que de nada sirve compararlo con Monty Barnes).

POR LA BOCA MUERE EL PEZ

"Cuando cumpla 33 años, me retiro. Ese es el momento en que el que un hombre tiene que dedicarse a otras cosas. No quiero ser una estrella de Rock durante toda mi vida. No me podría imaginar terminando como Elvis Presley tocando en Las Vegas para todas esas amas de casa y todas esas viejas con sus carteras viniendo a verme. Es realmente enfermizo."

Mick Jagger

CLÁSICO DE CLÁSICOS

“EXILE ON MAIN STREET” (The Rolling Stones) © 1972
Son muchos los ingredientes que hacen de “Exile On Main Street” un disco legendario: la disoluta vida que los Stones llevaban en el sótano del castillo de Keith Richards mientras grababan el disco; los personajes que entraban y salían del estudio, entre los que se podía contar a Gram Parsons, Nicky Hopkins, Dr. John y Billy Preston; los traficantes y delincuentes con los que Keith trabó amistad y que condimentaban el ambiente con sus variadas especias vegetales y químicas. Pero hoy, casi cuarenta años después de los hechos, cuando los participantes de la juerga ya están muertos o transformados en responsables hombres de negocios, lo que queda de ese oscuro verano en la Costa Azul francesa es la música, quizás la mejor que los Stones han grabado hasta la fecha.
“Exile” es la culminación de una época de enorme productividad para los Stones, un período de aprendizaje y reciclaje de blues, rockabilly, góspel y country que se inició con “Beggar’s Banquet” 1968 y continuó con “Let It Bleed” (1969), “Get Yer Ya Ya’s Out!” (1970) y “Sticky Fingers” (1971). Si bien estos discos marcaron un antes y un después en la carrera de los Stones, convirtiéndolos en la banda de rock más grande de su tiempo, la diferencia entre “Exile” y sus predecesores es notoria.
En primer lugar están las historias que nos cuentan las canciones. En los cuatro discos anteriores hay un reciclaje de oscuros temas compuestos por bluseros y rocanroleros de la primera generación que nos hablan de historias ajenas a la vida que llevaban los Stones, como “Little Queenie”, “Oh Carol”, “Prodigal Son”, “Love in Vain” y “You Gotta move”. Los temas propios, por otro lado, están llenos de personajes mitológicos (como el diablo de “Sympathy Fort he Devil”) o de exageraciones de la propia vida de Jagger y compañía (como “Sister Morphine” y “Midnight Rambler”).
En “Exile” las Stones abandonan el terreno de la literatura fantástica y se convierten es escritores realistas. Desde “Rocks Off” hasta “Soul Survivor”, pasando por momentos culminantes como “Torn and Frayed” y “Happy”, los Stones empiezan a hablar de ellos mismos usando el material de sus propias vidas: los paisajes que frecuentan, la gente que duerme en el pasadizo de sus lujosas mansiones, la suciedad y la mugre con la que se enfrentan al despertar en el baño después de una borrachera o los parásitos que pululan las sábanas de los burdeles en que a veces acaban. Nunca antes habían escrito desde esta perspectiva tan reveladora. Y no volverían a hacerlo otra vez. El mito vende más.
Incluso la portada del disco, con fotografías de gente deforme al lado de crudas fotografías sin ‘glamour’ de los propios músicos (cortesía de Robert Frank) trataba de poner los pies en la tierra. O en la mierda, como bien dice la letra de la canción que abre el segundo lado del primer disco: “Sweet Virginia”.
En segundo lugar está la música. En “Exile” uno ya no encuentra los pastiches folk tipo “Country Honk” o las fieles versiones de blues como “You Gotta Move”, ni siquiera los sentidos pero tímidos reciclajes country al estilo “Dead Flowers”. Aquí todo es síntesis e invención. Las canciones tienen tanto de rock como de country como de folk como de blues como de góspel como de rocanrol. En “Exile” las canciones están inventando un nuevo género en el que todas las influencias se funden para crear un lenguaje personal nunca antes llevado a cabo. Este es el disco en que los Stones dejan de rendir homenajes para tomar la posta.

Francisco Melgar Wong ©
Escritor peruano, columnista de distinas revistas y diarios locales y blogger. Actualmente dicta clases de historia del rock en el Centro Cultural Peruano Británico.



AJUSTE DE CUENTAS

“MEMORIAS DE UN ROLLING STONE” (Ron Wood) © 2008
A sus 61 años, Ron Wood, guitarrista y bajista de los Rolling Stones, cuenta su vida en un libro en el que muestra que sus recuerdos han sobrevivido, milagrosamente, al alcohol y las drogas y en el que confiesa que los miembros de la banda de rock más grande del mundo se sienten a menudo "prisioneros en una cárcel de oro". Memorias de un Rolling Stone (Global Rhythm Press) es el título bajo el que Wood rememora su vida, la de alguien que nació en una familia de "gitanos acuáticos" del Támesis y que ha llegado a lo más alto en sus dos pasiones, la música y la pintura, especialmente en la primera. Wood cuenta cómo la música, el alcohol y la afición al desmadre forma parte de sus genes: a su padre, que no iba a ningún sitio sin su armónica, lo encontraban a menudo durmiendo la borrachera sobre la huerta de la casa.
Ganó sus primeros dineros de recadero de una carnicería o pintando letreros, mientras trataba de seguir las aficiones musicales de sus hermanos mayores. Una tabla de lavar fue su primer instrumento y el escaparate de una tienda uno de sus primeros escenarios. Pero creció en un Londres en plena revolución del rock and roll, en un momento en el que era fácil cruzarse con todos los que poco después se convertirían en los grandes del género.

Formó parte de otras bandas y tuvo la suya propia, los Faces, antes de convertirse, oficialmente en 1976, en miembro permanente de los Rolling Stones, con quienes dejó atrás las penurias de giras en furgonetas desvencijadas y se abría a un mundo de aviones privados "con chicas desnudas corriendo por los pasillos" y de giras mundiales en las que Sus Satánicas Majestades se sienten como "un circo ambulante".

"Sin la familia me hubiera vuelto loco", cuenta Ron Wood, cuyos recuerdos sirven para dar pinceladas de un sinfín de personajes. En una ocasión, por ejemplo, John Lennon y Yoko Ono llamaron a la puerta de su habitación de hotel en Nueva York y, nada más entrar, el beatle le dijo a su mujer "¡Tú a lo tuyo, coño!... Así que ella se dirigió a una silla en un rincón y se puso a tejer", mientras el cantante le preguntaba a Keith Richards "¿cuál es la droga del día?". Era la heroína.

Rod Stewart, Jeff Beck, Bob Dylan, Eric Clapton, Tony Curtis -que le regaló "las botas de vaquero que llevaba mientras jodía con Marilyn"-, o Bill y Hillary Clinton, entre una larga lista en la que no faltan narcotraficantes, han formado parte de la vida de Ron Wood, que ha saltado varias veces del lujo a la bancarrota. Él y Keith Richards han sido, según cuenta, los más golfos de la banda, aunque nunca se han cambiado la sangre, tal y como el segundo contó a un periodista hace años. Lo que sí utilizaron para desengancharse es el electroshock.

Por más drogas que haya consumido, su verdadero problema ha sido el alcohol, lo que le ha obligado a una lucha que ha sido una de las más duras de su vida. En 2002, con Forty Licks, hizo su primera gira "completamente sobrio": "estaba limpio, pero también asustado". Sus habitaciones de hoteles ya no son "la Central de Juergas", sino un lugar en el que, tras los conciertos, se sienta a ver series de televisión (es "fanático" de CSI) y a aislarse, durante unas giras en las que están "rodeados constantemente por férreas medidas de seguridad": "La gente nos persigue por todas partes". "He vivido la mayor parte de mi vida en una cárcel de oro, así es como se siente uno cuando está de gira con los Stones. Tenemos todos los privilegios asociados a la fama, pero desde dentro se ve como un lugar de muros muy altos".

Wood acaba su libro asegurando que no está acabado: "la banda volverá a salir de gira... siento que todavía nos queda mucho que ofrecer y no veo razón para tirar la toalla mientras sigamos dando conciertos tan honestos como fabulosos". Además, tiene planes, incluso para "activar una diminuta bomba de relojería" que se aloja en su cabeza: escribir una novela.


Publicado en el diario “El País” © 31/12/2008

SEXO, DROGAS Y ROCK & ROLL



“PERFORMANCE” (Donald Cammel – Nicolas Roeg) © 1970

Entremos en la sala oscura y abramos el telón: estamos en 1968, la fascinación del Swinging London, Blow-up, La Naranja Mecánica, las pelis de los Beatles y la unión del Mayo Francés (nada gratuita: Godard filmó a los Stones, el director Donald Cammell y algunos de los protagonistas de la peli vivían a caballo entre Chelsea y los círculos bohemios de París) e incluso la influencia del underground experimental que empezaba a surgir en USA con los films de la Factory de Warhol o la Escuela de New York. Élites de artistas de lo más variado flirtean con proyectos de todo tipo.

En medio de todo este ambiente, un tipo polifacético llamado Donald Cammell decide hacer una película. El guión es enseñado a algunos de sus amigos más importantes (entre ellos, Marlon Brando, los Stones y su círculo, el director Kenneth Anger -más conocido como autor del libro Hollywood Babilonia-) y un par de productores de la Warner. Este último y el manager de los Stones verán aquí una buena oportunidad para competir con las pelis de Richard Lester para los Beatles, aunque la idea de Cammell vaya por caminos muy diferentes.

Es entonces cuando, debido a su inexperiencia en el campo del cine, decide recurrir a Nicholas Roeg, un experimentado director de fotografía que por aquel entonces ya había trabajado con Truffaut ("Farenheit 451") , Schlesinger ( "Lejos del mundanal ruído" ) y el propio Lester ("Petulia") , para ayudarle a codirigir el proyecto.

"Performance" escandalizó en su época y automáticamente se convirtió en un film de culto, mucho más cercano al lado oscuro, violento y experimental de la Velvet Underground o "La Naranja mecánica" (película un poco posterior a la que nos ocupa) que de la utopía hippy de la paz y del amor.

El argumento no es nada del otro mundo. El protagonista es un gangster encarnado por James Fox (uno de los autores cool del momento) que se dedica a hacer de las suyas (torturas, violencia macabra y esas cosas) y luego se esconde en una casa en la que viven un rockero (Mick Jagger), sus dos amantes (la, por entonces novia de Keith Richards, Anita Pallenberg y la adolescente francesa Michelle Breton) y un niño bastante curioso. Todo ello entre decoraciones orientales, drogas y juegos de liberación sexual en los que terminan involucrando al tipo este.

Pero por encima de la historia, bastante provocativa por lo explícito en el sexo y la violencia (de hecho se dice que con los descartes de las escenas sexuales entre Jagger y Pallenberg se hizo un corto que ganó un festival porno en Amsterdam), la verdadera transgresión surge en el aspecto narrativo, donde Cammell y Roeg experimentan con sonidos (no hay música propiamente dicha) , con planos y encadenados insólitos y otras movidas audaces como meter un fundido en negro tan largo que el público se piensa que se ha cortado la película. A mi, particularmente, hay un momento que me parece magistral: la Pallenberg, en la cama con Fox, empieza a hacer movidas con un espejo para hacerle ver al maromo su lado femenino. Otra escena genial es cuando Fox le dice a Jagger que dentro de 30 años parecerá un tipo muy gracioso con esa pinta (ante lo que todos nos reímos mucho).

Pero lo que me temo es lo que realmente ha hecho a Performance una película tan reivindicada es su intensa leyenda negra: que si estuvo prohibida hasta el 71, que si había magia negra por detrás, que si la escena en que le hacen comer una seta alucinógena a Fox es real, que si Cammel se suicidó, Pallemberg se enganchó al caballo y Michelle Breton terminó en un psiquiátrico (por desgracia, nada de esto le pasó a Jagger y hoy en día sigue dando la vara); y para los rockeritos de turno el encanto de la película ya sabeis dónde está: "Buaaaa, ¡los Stones!, ¡Aquello-si-que-era-rock-n'-roll!, ¡Aquello-sí-que-era-peligroso!, que si "Sympathy for the devil" se compuso durante el rodaje, que si Jagger se iba de satanita y hacía movidas raras, que si Keith Richards y Marianne Faithfull estaban todos celosos porque sus patenaires se tomaban muy en serio las escenas de cama, que si algunas estaban inspiradas en cosas que hacía Brian Jones y que los Stones vivían realmente así y otras pijadas similares que vienen a representar la decadencia y el final de los mitificados años 60.

Performance me ha parecido una película muy interesante pero, por supuesto, no la mejor película británica jamás rodada.

Publicado por David Saavedra en el fanzine “Tingugi 60047” © 1998