Son la luz de nuestras vidas, el sol dentro de las casas… pero a veces, nos dejan con la boca abierta, con el culo al aire y sin respuestas. Hablo de esas situaciones embarazosas que todos pasamos alguna vez con nuestros hijos, sobrinos, ahijados o con cualquier niño que se nos cruzó por lo menos alguna vez en la vida.
Me refiero, por ejemplo, a cuando mi ahijado Tristán estaba en el salón de casa viendo la tele (en el noticiero pasaban imágenes sobre la fiesta musulmana en donde se flagelan a latigazos en la espalda), me miró, miró a su alrededor observando la ausencia de adornos navideños y me soltó: “¿Qué religión tenéis en Argentina que no tienes ni árbol de Navidad ni Nacimiento?”… ya tendré ocasión de aclararle mi condición de abstemio religioso.
O como cuando Daniel se queda mirándome, después de que hago mil y una tonterías para llamar su atención, con una cara impávida… como si acabara de perderme el poco respeto que merecía.
Y es que los rapaciños no tienen vergüenza ni educación… y no hablo desde el reproche sino, más bien desde la envidia.
"Cuando llegues al final de tu cuerda, haz un nudo y aguanta.” FRANKLIN D. ROOSEVELT
RAPACIÑOS
MADE IN ARGENTINA
“BABIES GO…” (Varios Artistas) © 2008
Pink Floyd, Abba, The Rolling Stones, The Beatles, The Doors, Led Zeppelin, Madonna, Queen, The Police, Radiohead, Soda Stereo, Andrés Calamaro, Los Redonditos de Ricota, The Cure, Shakira, Kiss y la lista continua… y uno se lo pone a su hijo y se encuentra reconociendo y tarareando las canciones como un pelotudo.
LAS PERSONAS MAYORES SON MUY EXTRAÑAS
“EL PRINCIPITO” (Antoine de Saint-Exupéry) © 1943
El cuarto planeta estaba ocupado por un hombre de negocios. Este hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la llegada del principito.
-¡Buenos días! -le dijo éste-. Su cigarro se ha apagado.
-Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
-¿Quinientos millones de qué?
-¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de... ya no sé... ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete...
-¿Quinientos millones de qué? -volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.
El hombre de negocios levantó la cabeza:
-Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera, hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años. Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez... ¡la tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones...
-¿Millones de qué?
El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.
-Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.
-¿Moscas?
-¡No, cositas que brillan!
-¿Abejas?
-No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de desvariar!
-¡Ah! ¿Estrellas?
-Eso es. Estrellas.
-¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.
-¿Y qué haces con esas estrellas?
-¿Que qué hago con ellas?
-Sí.
-Nada. Las poseo.
-¿Que las estrellas son tuyas?
-Sí.
-Yo he visto un rey que...
-Los reyes no poseen nada... Reinan. Es muy diferente.
-¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y de qué te sirve ser rico?
-Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.
"Este, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho".
No obstante le siguió preguntando:
-¿Y cómo es posible poseer estrellas?
-¿De quién son las estrellas? -contestó punzante el hombre de negocios.
-No sé. . . De nadie.
-Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.
-¿Y eso basta?
-Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas.
-Eso es verdad -dijo el principito- ¿y qué haces con ellas?
-Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez -contestó el hombre de negocios-. Es algo difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio!
El principito no quedó del todo satisfecho.
-Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!
-Pero puedo colocarlas en un banco.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese papel.
-¿Y eso es todo?
-¡Es suficiente!
"Es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio".
El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.
-Yo -dijo aún- tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas...
El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta.
El principito abandonó aquel planeta.
TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR... PARA UNO
“ERASE UNA VEZ EL HOMBRE” (Albert Barillé) © 1978
Si señores, me llegó ese temido momento en el que todo hombre compara las cosas de la actualidad con las de su infancia.
Con Daniel no voy a poder compartir ni los Calquitos, ni carreras en la arena con los autitos de plástico, ni jugaré al Western Bar, ni al Out Run en la Commodore 64… pero al menos podré compartir los Playmobil y ésta serie reeditada en DVD.
A pesar de lo primitivo de su animación, nadie volvió a superar a los franceses en cómo enseñarles algo de historia a los niños de forma entretenida y que enganche a los padres.
