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LOS CUATRO FANTÁSTICOS

¿Qué sería de la música si ellos no hubieran existido? Los pioneros, los precursores, los más grandes, los inimitables, los míticos… los inigualables.
Y ahora viene todo eso de John o Paul, de que si Ringo era cuadrado o si le dieron el papel que realmente merecía a George. Lo cierto es que nada volvió a ser igual. Sus discos permanecen igual, atemporales… y tuvieron la (¿desgracia?) suerte de separarse a tiempo, de evitarnos sus giras de dinosaurios y ver que nada nuevo tenían que ofrecernos (como Sus Majestades).
Y todo por una bala… por una certera y puta bala que nos dejó huérfanos, que se disparó en Nueva York (en el edificio Dakota) pero que resonó en todo el Mundo.
¿Cómo explicar la música sin referirse a ellos?

Fácil, ELLOS SON LA MÚSICA.

VERDAD VERDADERA


"Antes de Los Beatles, todo era distinto; después de Los Beatles, nada fue igual"

John Lennon


SINFONÍAS PARA ADOLESCENTES

“1” (The Beatles) © 2000
[...]Suena “Love Me Do” y García pide que detengamos el tema.
- (...) Pero me preguntaba quién cantaba la canción, porque las voces están en quintas [intervalos]. Eso me quedó como una tara: la eliminación de la tercera. (...) Pero no sé, porque siempre estuve en contra de la tercera. La tercera es la voz del medio, la que define si el acorde es Mayor o es Menor. Y acá cantan un re y un sol, pero se olvidaron del si, o no lo pusieron a propósito para que uno haga la voz ahí, armonizando. Ese es el gancho. Viste que siempre te dan ganas de cantar con los Beatles? A mí me pasaba. Ponelo de nuevo.
Suena "Love Me Do" otra vez. Charly canta entre John y Paul. Tiene razón.
- ¡Ey man! La cantidad de cosas que se pueden aprender de Los Beatles! Andá a saber a quién le sacaron eso, cómo se les ocurrió. Porque eso es de música clásica. Eso de usar dos melodías al mismo tiempo. Bach, las fugas y las tocatas... Piazzola. Son todas músicas hechas con cuatro notas paralelas: como los cuartetos de cuerdas, por ejemplo. Los acordes se forman con la sumatoria de las voces. Pero el violín, por ejemplo, tiene una sola nota, como los vientos. Para lograr la armonía hay que sumar otros instrumentos... Los Beatles aparecieron en una época en que la música era supermelosa, cuando la balada popular se juntó con el jazz y la comedia musical y todo eso, y se sumaron esas grandes orquestaciones. Entre tantas notas, uno se preguntaba dónde estaba la melodía. Y los Beatles hipersimplificaron la cosa. Yo no sé cómo se les habrá ocurrido. Puede ser que de ignorantes, sólo por hacer las cosas así, sin saber cuál era la raíz de de la música, sin haber estudiado... Tuvieron mucha suerte en cómo se dieron las cosas. Porque encontraron a George Martin, que era un tipo de la música clásica, aunque también hacía discos de sátira. Pero el tipo les debe haber pasado cosas muy clave, como el respeto al 440. Si escuchás cualquier disco de los Rolling Stones de los viejos, no los podés tocar encima. Hasta que no pusieron un piano o un teclado, los tipos afinaban entre ellos, en la suya. Y Los Beatles afinaban con un piano. Siempre había un piano, usaban armónica, qué sé yo, tenían cosas que te hacían pensar que eran tipos grandes, que no eran pendejos, que sabían todo. O no lo sabían pero lo hacían, sospechaban algo... Bueno, el que sigue.

Pasamos a “She Loves You” (...).
- Es más blanda. (...) Encima tiene ese final de guitarra que se les cagaron de risa, es como una ofensa al rock. El rock es La-Re-Mi, y pusieron un acorde del trío Los Panchos como ése. Lo discutieron como una semana. Lo sé porque me informé (risas).

En “I Want to Hold Your Hand” (...).
- (...)
El tema tiene esa cosa de indígena indoamericano... Medio rara, la melodía. Se maneja mucho con octavas, con quintas. A mí me gustaba mucho eso, porque acá con la zamba me tenían podrido. La zamba es lo más terceras que hay: La Mayor, La Menor... Por eso la música resultaba rara... Viste que decían que los Beatles corrompían a la juventud? Porque había algo en la música... Tenían algo como hipnótico... Como el flautista de Hamelin. Los tipos encontraron una fórmula que aparentemente repetía la formación de siempre de batería, bajo, guitarra, pero lo nuevo estaba en la armonía y en el ritmo, tan básico y casi sin ningún elemento al pedo; no hay ninguna nota de más. Cada cosa está puesta como si fuera música clásica. Como si estuviera escrita. Parece que no, pero sí.

[...] “Ticket to Ride”.
- Chequeá el pattern de la batería. Genio, Ringo. La parte de la batería es increíble. (...) Alguien dijo que la música no eran las notas sino el aire que hay entre las notas, o algo así. Bueno. Este tema es especial para disfrutar eso. Prueben. Puede servir de ventilador también (risas).

[...]Empiezan los coros de “Paperback Writer”.
- Este es impresionante. Me dijeron que, a partir de las armonías de este tema, Miles Davis empezó a escuchar a los Beatles. Y acá se nota que no tocaban más en vivo, que la construcción de la música es irreproducible. Cómo hacías? Una cosa es cantar "Love Me Do", que tiene dos notas, y otra es hacer esto. Ni las voces se pueden hacer. Y por suerte no había sampler ni nada, así que tuvieron que quedarse con eso nomás. ¿Sabían que los Beatles inventaron el [efecto] Chorus? fue George, que se apoyó sin querer en una de las grabadoras de eco. Había dos cintas corriendo, simultáneamente, y cuando George se apoyó, una bajó de velocidad. Y al sonar con la otra cinta, se produjo el desplazamiento armónico que produce el chorus. Y dijeron: "Ah, qué lindo que es esto". (risas)

[...]Turno de “Penny Lane”.
- ¡La parte de bajo es impresionante...! Y ésa es una trompeta piccolo. Pará que te cuento una anécdota. McCartney había escuchado los Conciertos Brandeburgueses [de Bach] en televisión, y le pidió a George Martin un instrumento así. Y qué parecido es a un [sintetizador] moog, ¿no?

“All you need is love”. Charly salta de la cama.
- (...) Se superponen un ritmo de tres por cuatro con otro de cuatro por cuatro: a los doce se juntan, y cuando atacan ahí, te matan. Pero todo el tiempo parece que el tiempo estuviera rengo. Y bueno, acá es la primera vez que lo usan. Después, la música progresiva se basa en eso. No hubieran existido Yes o Emerson, Lake & Palmer si los Beatles no lo hubieran hecho antes.

“Hello Goodbye”.
-Gran Psicodélico, Paul McCartney! Todos esos discos están muy armados, muy Beach Boys. Bah, los Beach Boys estaban muy Beatles (risas). Cada instrumento va por su lado. La letra no dice nada.

“Lady Madonna”.
- Acá quieren sonar como Fats Domino. No sé si el piano tiene mucha compresión, o tiene tachuelas. De algún lado deben haber sacado este sonido... suena como una especie de clave. Quién lo habrá tocado...

“Hey Jude”.
- El primer single largo de la historia. Siete minutos y medio. Los tambores son buenísimos. No sé si no estarán grabados a una velocidad y pasados después a otra. Es buenísimo. Están grabados aparte, no están grabados con la batería. Y hay dos pianos tocando lo mismo, para producir el chorus, como hacía Phil Spector. Era la época en que las canciones tenían un final interminable, donde entraban los amigos, la familia, todos, tipo USA for Africa (se ríe). Terminó todo con We Are the World. (más risas).

[...] Al fin llega “Something”.
- Este tema es genial. Tiene uno de los mejores solos del rock and roll. Parece un solo escrito. (...) Es que la música, cuando está bien hecha, es fácil de visualizar. Se te aparece enseguida el dibujo. Lo que quiero decir es que a los Beatles se los nota muy estudiosos de su instrumento, muy prolijos. Cuando surgieron, parecía que era todo estridencia, pero nada más lejos de la verdad. Tocaban fuerte, y las voces eran fuertes, pero esa determinación para pegar el golpe justo en la batería, por ejemplo... Por eso era irresistible. Parecía una máquina, Ringo. Y el bajo tenía esas notas tan... como el de "Penny Lane". Eso es una fuga. El bajo no sólo toca la [nota] dominante: hace un dibujito que, mezclado con la melodía, produce esa obrita. No sé. Cuando la múscia está hecha de una forma rigurosa, aunque el tipo que la hace no sepa música, se produce una limpieza que se asemeja a la música clásica, en la que cada nota está en algún lugar por alguna razón. El próximo.

“Come together”.
- Genial. El bajo es una cosa monstruosa. Está re-pensado, esto. Y las cuartas, esa cosa mántrica. Meten un Mayor, cuando el tema es en [tonalidad] Menor. No se sabe bien que és... Bien trival.

Charly García para la revista Rolling Stone Argentina



APOCALIPSIS METÁLICA

“EL BEATLE FINAL” (Leopoldo Marechal) © 1968
1.
Y sucedió y sucede y sucederá. ¡Muy bue­nas noches, mundo en la balanza! En Metrópolis la finalista, el Gran Octógono desarrollaba sus actividades como una "central" humanoelectrónica del Imperio. El Gran Octógono era un polígono irre­gular, ya que sus lados no tenían igual importancia ni longitud en el dinamismo de aquel mundo. Sin duda el lado AB realizaba la función más vital, puesto que dirigía todos los re­sortes ofensivos y defensivos del Imperio, la investigación de las materias y las antimaterias, la cons­trucción de nuevas armas físicas y psíquicas desti­nadas a los enemigos actuales o potenciales de la co­munidad, ya fuesen internos o externos, ya se insi­nuaran en el plano terrestre o fueran sospechados en cualquier galaxia más o menos vecina. Sucedió, suce­de y sucederá. ¡Tierra en la balanza, yo te saludo!

2. Fue posible y es posible y será posible. ¡Yo te bendigo, santa Posibilidad! Acon­teció un día en que los habitantes de Metrópolis exteriorizaron los primeros síntomas de una enfermedad secreta, una suerte de "abatimiento pestoso" que na­die había conocido hasta entonces. El lado EF del Gran Octógono, que custodia­ba la salud pública, se lanzó al estudio integral de aquel morbo, no dudando que se debía o a un virus filtrable no descubierto aún o a las radiaciones de algún isótopo desconocido en la Tabla Periódica. Sin embargo, y tras una exhaustiva investigación de sus laboratorios, el lado EF concluyó por afirmar que la plaga no era del orden psicosomático. Ahora bien, la enfermedad crecía en Metrópolis, y sus marchitos ciudadanos desertaban de las usinas de metalurgia y electrónica, languidecían junto a los reactores ató­micos y se desmayaban en las bases de lanzamiento de la cohetería interplanetaria. Y como la prensa, que nunca duerme, iniciase una campaña feroz con­tra la desidia oficial, el lado EF decidió transferir el expediente al lado GH del Octógono, según una estra­tegia de la burocracia que al parecer ha de subsistir hasta el Día del Juicio por la noche. Sucedió y suce­de, porque todo efecto ya está implícito en su "causa". Y si no ríes en la causa llorarás en los efectos.

3. Justo es decir que el lado GH del Gran Octógono, cuya función era la de la ense­ñanza pública, tenía en Metrópolis una existencia que algunos tildaban de "in­visible", ya que había resuelto sus pro­blemas en dichosa totalidad, a saber: a) un lavaje automático de los cerebros para lograr el vacío absoluto, y b) amueblamiento del vacío así logrado con las ciencias úti­les a la comunidad y mediante robots atiborrados de fichas multicolores. A decir verdad, el lado GH limitaba sus acciones a la limpieza del instrumen­tal y a la renovación periódica de los filtros, vál­vulas y electrodos que se consumían en el uso. Por lo cual sus funcionarios tenían el usufructo de un ocio que los demás, no sin envidia, calificaban de "peligrosamente paradisíaco". No es mucho, pues, que la llegada del expediente Beta (con tal nombre se caratuló la enfermedad incógnita) destruyese las armonías de aquel edén administrativo: era un "pre­sente griego" en el cual el lado GH presintió una cesantía en masa de sus técnicos y operarios. Que así se tejió, se teje y se tejerá.

4. ¡Mandolinante mandolina! ¡Salve, plane­ta fugitivo! Sucedió que cuando los técni­cos del GH se daban por difuntos en la computadora de sueldos, habló uno lla­mado Ramírez en el cual sus colegas venían temiendo un brote anacrónico del Humanismo felizmente superado en Me­trópolis desde la Era del Orion. Y Ra­mírez habló así:
- A mi juicio, y según la Paleoantropología de mi especialidad, el morbo que padecen los habitantes del Imperio tiene su origen en una "falta de expre­sión" ya crónica.
- No es posible
-objetó el Secretario General-. Hemos fabricado en Metrópolis una beatitud sinté­tica y un éxtasis colectivo a los que no les falta ni un solo átomo.
- Les faltan los "átomos expresivos"
-insistió Ra­mírez-. Desde la época glacial en que apareció el hombre, todas las comunidades humanas tuvieron expresión: Grecia en su Homero, Roma en su Virgi­lio, Israel en su David, los otros pueblos en sus poe­tas y sus músicos, tal como si los "átomos expresi­vos" de aquellas felices comunidades se hubiesen concentrado en un "individuo musical" o en un "in­dividuo poético". Los últimos de la serie dichosa fueron aquellos Beatles o aulladores que hace ape­nas tres siglos alcanzaron las medallas de sus reyes, los dólares de sus fanáticos y la histeria de sus ad­miradoras. A Metrópolis le falta un Homero, ¿en­tienden?
- ¡Ramírez está loco!
-se indignó aquí un oficial de segunda-. ¿Qué diría el Gran Octógono si oyera ese dictamen de nuestro perito?

- Me c... en el Gran Octógono -le anunció Ra­mírez clásicamente.
Si aquel anuncio de Ramírez asombró a los fun­cionarios en razón de su anacronismo, no los impre­sionó como amenaza en razón de su imposibilidad absoluta, ya que los metropolitenses no realizaban ese acto fisiológico desde la Era de la Píldora Vitaminosa que no deja residuos. Con todo, su recuerdo trajo a los del GH una ráfaga de aromas folklóricos que duró exactamente un segundo con tres milé­simas.

- Lo que ha expuesto Ramírez acerca de los "áto­mos expresivos" -adujo entonces el Director Gene­ral- entra de lleno en la "posibilidad científica". Es necesario que lo conozca el Gran Consejo del Octógono.
Y el expediente Beta, con la opinión de Ramírez, fue girado al Gran Consejo en el cual el morbo co­mún de los metropolitenses hacía estragos. ¡Esfera giratoria, te saludo, fiel a la cortesía! Es posible y ha de suceder.

5. Claro está que frente a un caso tan peli­groso de "regresión", el Gran Consejo decidió enviar al perito Ramírez a una cámara de desintegración atómica, para que al éter volviera lo que había engen­drado el éter. Pero la Junta de Psiquia­tría, sin desestimar las razones del Gran Consejo, intervino en favor de Ramírez alegando: 1º) que nadie, como los psiquiatras, des­conocía los misterios de psiquis; 2º) que si la Cien­cia es una "posibilidad infinita", o la Ciencia es una diosa o es una meretriz lujosamente decorada; y 3º) que antes de atomizar a Ramírez, era mejor escucharlo y exprimir hasta la última gota de su te­sis increíble. Naturalmente, la Junta de Psiquiatría, por tener más verba, ganó esa batalla. Y el técnico Ramírez, una noche, se vio ante los "capos" del Gran Octógono, seres de un poder enorme y de una envidiable longevidad obtenida merced a sus cora­zones ajenos de trasplante reciente, a sus páncreas de nailon y a sus riñones de fibra sintética. Justo es decir que Ramírez, al principio, se intimidó ante aquellos ancianos niños o niños decrépitos que inte­graban el Octógono y que ponían en él ahora sus ojitos miopes como si estudiasen a un monstruo ante­diluviano. Pero derrotó su timidez al considerar, 1º) que los grandes jerarcas del Octógono, merced a sus cerebros atrofiados, no valían un pito sin las compu­tadoras electrónicas y 2º) que la enfermedad Beta los apretaba ya en duros estratos de idiotez. Enton­ces advirtió que una suerte de risa pretérita jugue­teaba en su sangre de antropólogo rebelde.
- Señores del Octógono -les dijo Ramírez-, no vean en mí a un agitador sino a un "retrógrado". La tesis que me ha valido la expulsión de la Uni­versidad sostenía que "la bestia hombre nace para el conocimiento y la expresión". En lo que atañe al "conocimiento" sabido es que Metrópolis está en la vanguardia del mundo, pues ha descubierto que no es el hombre quien construye la Industria sino la Industria quien construye al hombre. Desgracia­damente, la "expresión" no ha seguido aquí una vía paralela de ascenso; y en ese orden los marcianos nos aventajan en diez siglos, ya que cada uno tie­ne un megáfono en lugar de boca y responde a los estímulos de una "broadcasting" interior. La enferme­dad Beta que nos consume se debe a una ya insos­tenible atrofia de nuestra expresividad. Y en busca de su remedio es que yo, "el retrógrado", hice una excavación en la Historia del Hombre hasta llegar al paleolítico de la música. Naturalmente, regresé con una solución en forma de trompeta.
- ¿Qué remedio pondría usted a ese morbo de la "no expresión" que aflige a nuestros conciudada­nos? -le preguntó el Gran Maestre del Octógono.
- A mi entender -propuso Ramírez- debería­mos construir un Orfeo que reuniera en sí todas las voces nonatas de Metrópolis.
- ¿Un robot expresivo?
- Eso es.

Tras una votación relámpago (la Democracia se mantenía en el Imperio como un lujo no caro y deli­ciosamente inútil) se resolvió confiar al técnico Ramírez la construcción de un poeta electrónico en escala gigante, obra de salvación nacional que pondría en juego todos los recursos del Estado en la metalurgia, la cibernética y la foniatría.

6. ¡Teje, tejedor de humos! ¡Construye, albañil de neblinas! Lo primero que hizo Ramírez en tren de inspiración fue soli­citar una botella de coñac francés entre las que se guardaban como un tesoro ar­queológico en el Museo Retrospectivo de las Borracheras. Desde hacía un siglo, los habitantes de la ciudad sólo se ma­maban con el cocktail de neutrones retardados que sucedió al ácido lisérgico y a las esencias destiladas de los hongos mexicanos. A favor de su botella, Ra­mírez concibió un beatle o aullador mecánico lo suficientemente poderoso como para llegar a los tímpanos resecos de los metropolitenses. El beatle sería un gigante de metal: tendría la forma del hombre, para que los ciudadanos lo reconocieran en sus pan­tallas de televisión y se reconociesen a sí mismos en él; y se llamaría Ringo, en homenaje al beatle de carne y hueso que se inmortalizó en su edad, y cuya osamenta ilustre descansaba en la abadía de Westminster. Pero, ¿qué voces y músicas habitarían el tórax electrónico de Ringo? Si el beatle mecánico debía expresar al Imperio, era urgente recoger y grabar todos los no proferidos acentos de sus habi­tantes, las euforias comunes, los temores y angustias colectivos. El viento se teje si el tejedor es hábil.

7. Tras una investigación minuciosa de psi­coanalistas y musicólogos, la voz de Rin­go fue compuesta, grabada y metida en el pecho metálico del beatle, para cuya residencia se construyó un templete mo­numental que reunía en sí las más ópti­mas condiciones de acústica. El reperto­rio del beatle se concentraba en una pieza única, rapsodia o potpourri, que reunía los temas siguientes de la civilización metropolitana: los éxta­sis de la inseminación artificial y de los onanismos electrónicos; el goce de las píldoras vitaminosas que no dejan residuos; la tolerancia o rechazo de piezas anatómicas en injerto; la exaltación que producen los mecanismos bien aceitados y el ulular de la cibernética; el gusto de las aceleraciones y faltas de gravitación en los viajes espaciales; la expectativa y angustia de un ataque nuclear inminente desde las bases enemigas del norte; la seguridad insegura de una invasión posible desde el planeta Venus o algún punto del cosmos ya detectado por los radares; y, sobre todo, la convicción oficial de que Metrópolis estaba realizando el paraíso científico largamente profetizado en la Tierra desde que se inventó el tubo de Geissler. ¡Y sucederá, lo juro por las barbas en flor del gran Heráclito!

8. Llegó al fin la noche de las noches en que Ringo, el beatle artificial, sería presentado a los enfermos habitantes de Metrópolis. En su templete de vidrio-cemento y ante las cámaras de televisión, Ringo exibía una majestad imponente con su estructura de caja sonora, su ros­tro gesticulante y la enorme guitarra eléctrica sobre la cual ponía él sus dos manoplas en frenesí. Y cuando Ramírez, en overall de gala, hizo funcionar los controles, Ringo dejó escapar toda la sinfonía que se concentraba en su tórax y que los transmisores del Imperio lanzaron al éter. ¡Hurra, mundo zumbante! Las estaciones médicas a control remoto, los hospitales y clínicas, los televidentes en­loquecidos no tardaron en gritar la buena nueva o el milagro del beatle. ¡Sí, los enfermos del mal Beta curaban instantáneamente! Agonizantes listos ya pa­ra ceder al Estado sus riñones transferibles aban­donaban los quirófanos con un frenético paso de baile. ¡Hurra, cascabel ebrio! ¡Metrópolis había re­cobrado la salud! Aunque la vieja ponzoña del indi­vidualismo ya no existía en la ciudad, el técnico Ra­mírez, por una sola vez y sin que sentara preceden­te, fue mencionado en la sesión del Gran Octógono; y se le concedió por añadidura otra botella del coñac histórico que se guardaba en el Museo con fines científicos. Y dice la leyenda que Ramírez, esa misma noche, se agarró una tranca sublime que lo lanzó a los bulevares, desnudo como había nacido, y que allí se dio a una exhibición de frescas y perimidas obscenidades. Naturalmente, Ramírez fue alo­jado en un manicomio de lujo donde acabó sus días apaciblemente.

9. Se abrió desde aquella noche la Era de Ringo el beatle salvador. Y Metrópolis adquirió en adelante una fuerza expansi­va que llegó a inquietar a sus enemigos terrestres y a sus observadores cósmi­cos. Todas las noches, desde su templete, Ringo aullaba, gesticulaba y punteaba su guitarrón: cada nuevo triunfo de la téc­nica o de la investigación científica era grabado y añadido al repertorio del beatle. Y los habitantes del Imperio, frente a sus receptores, exultaban ante aquel poeta mecánico que rugía y gesticulaba por ellos. Metrópolis entendió así que ya era hora de univer­salizar su orgulloso dominio. El orgullo es funesto cuando adquiere la forma de un batracio que se infla con sus propias ventosidades, y más aún si la Bomba X estaría y estuvo y estará.

10. Porque la Bomba X ya estaba en las células grises de un físico lleno de piadosas ternuras. ¡Y Ringo debió saberlo y aullarlo en su guitarra electrónica! ¿Qué debió saber el Orfeo de alambre? Que una Bomba X deja con gran facilidad el cráneo de un físico para entrar en un ciclotronante ciclotrón. ¿Qué debió au­llar el beatle? Que no hay mucho intervalo entre las tiernas lágrimas de un físico y una explosión atómi­ca. ¿Y qué culpa tendrían el físico y el beatle? Llo­rará en los efectos quien no rió en la Causa. Por eso, cuando la Bomba X estalló y su hongo gigantesco pudo abrirse como una flor de uranio sobre Metró­polis; cuando la ola expansiva dio en tierra con el templete de Ringo, entonces el Beatle Final se vio libre de su cautiverio. Movido por un remanente de sus condensadores, echó a caminar entre los derrum­bes, gesticulante aún de risas mecánicas, aullando su canción de usina, hiriendo el cordaje imbécil de su vihuela. Ringo avanzaba por entre muros que se tambalearon aún como ebrios, columnas y chimeneas rotas, materiales en pulverización, calcomanías de hombres y mujeres laminados en el suelo. Ringo gesticulaba, reía y aullaba en un silencio sin pája­ros y en un calor de horno. ¡Y fue posible y es posi­ble y será posible, mundo feroz en la balanza!

11. Por último, sobre sus piernas de autó­mata en libertad, Ringo entró en un Museo de la Paleomúsica, y sus pies du­ros trituraron instrumentos antiguos, vio­las y contrabajos, trompetas y fagotes, órganos de tubos retorcidos, estatuas de compositores ilustres recién caídas de sus pedestales. El Beatle Final aún cantaba y tañía; pero sus condensadores ya se le agotaban, su voz languidecía en un tartamudeo de fonógrafo sin cuerda y sus pies vacilaban entre los escombros. Cayó al fin, primero de rodillas y después largo a lar­go: en su derrumbe, la testa de Ringo fue a dar contra una cabeza de Beethoven recién degollada. El Angel de la Muerte, que recorría la ciudad, vio las dos caras juntas: la de Beethoven, con su rictus humano que aún retenía la piedra, y la de Ringo, con las aristas y rigideces que le dio la metalurgia. Y en el contraste de los dos rostros entendió el ángel la razón exacta del cataclismo.


12. Sucederá porque sucede y sucede por­que sucedió. ¡Yo te saludo, tierra en la balanza, fiel a la cortesía! Que tengas buenas noches.

EL SHOW NO SIEMPRE DEBE CONTINUAR



“LET IT BE” (Michael Lindsay-Hogg) © 1970
Crónica del final de una era. Un documental en donde podemos ver las duras y tensas sesiones de grabación del que fue el último disco de los cuatro de Liverpool.
Como hecho anecdótico, la película ganó un Oscar a la mejor banda sonora (música adaptada), también aquí se encuentra la mítica escena (luego tantas veces copiada) en donde ofrecen un improvisado (e imprevisto) concierto desde la terraza de Apple.

Luego vino la orfandad… que aún hoy continúa.