LOS ÁNGELES DE DANIEL

“DULCE COMPAÑÍA” (JujoTorres) © 2009

- ¡Viejo… viejo! –sacudió con fuerzas la mujer de los cabellos de plata.

- ¿Q… qué pasa? –contesto aún inmerso en el sopor de la siesta el hombre de la calva reluciente.

- Vamos, ya es la hora.

- ¿Segura? –preguntó, no porque dudara de lo que le decía su mujer, sino para disfrutar unos segundos más de descanso.

En cuanto se desperezó y comprendió que había llegado el momento tan esperado, apuro los preparativos con la emoción y la ansiedad que el acontecimiento requería. Mientras se terminaba de vestir, vio a través de la ventana a la pareja que les esperaba.

- ¡Aún no me acostumbro! –su mujer no necesitó verlo para saber que se acercaba por su espalda.

- Ya, pero pobriños… se extrañaron tanto –replicó él, que sabía todo lo que había sufrido su amigo.

Y es que ellos tenían prácticamente la misma edad… alrededor de los ochenta años. En cambio en la otra pareja, el mediaba los cuarenta y ella ya pasaba de los ochenta. Pero esto no impedía que al fin (y nuevamente) fueran felices. Desde que ella había llegado, no se separaban un segundo y permanecían abrazados… como si así intentaran recuperar todo el tiempo que estuvieron separados.

*

Daniel es un bebé feliz, bueno y un sol que ilumina nuestras vidas desde que llegó a nuestra casa hace ya dos meses y medio. La verdad es que no podemos quejarnos de nada, es un santo y salvo las molestias normales de los cólicos y los gases, duerme y nos deja dormir. Obviamente hubo un tiempo (las primera semanas) de mutua adaptación, hasta que nos conocimos y pudimos descifrar por su tipo de llanto lo que le sucedía (hambre, sueño, calor, aburrimiento, miedo).
Nos colma de alegría su sola presencia, nuestro hogar está impregnado de su olor, de su presencia. Disfrutamos cada instante, cada segundo, sus comidas, sus baños, sus juegos y sus enfados. Hace un tiempo que nos empezó a obsequiar con su sonrisa… y cuando lo hace, se derriten los polos. Además, cuando lo cambiamos, gira su cabeza siempre hacia el mismo sitio y sonríe con ganas, con una alegría que nos emociona. Con su madre decimos que son “sus angelitos” que lo vienen a visitar.
Estoy convencido que es algo mucho más emocionante… y cercano. Familiar para él, diría. Está acostumbrado a su presencia desde el mismo día en que nació. Los conoce desde que vino al mundo aquella mañana de mayo en Ourense, los vio por primera vez en la sala de parto, en dónde estaban los cuatro juntos, apretujados, emocionados y alegres junto a nosotros, a la matrona y a las enfermeras.

*

- ¡Qué feito é! –Amparo babea sin poder contenerse.

- Un sol… –asiente un no menos emocionado y joven José Benito.

- ¿Parécese a la nai, no? –observa Mercedes.

Es lógico que se emocionen… marcharon a una tierra inhóspita y lejana. Pasaron de vivir en la tranquila casa de sus aldeas natales, a las frías e impersonales casas de la gran ciudad. Seguramente pasaron hambre, frío, lluvia y tuvieron que convivir el resto de sus días con la lacerante “morriña” que sólo sienten los gallegos por su tierra. Morriña… no encuentro palabra más exacta para expresar lo que habrán sentido.

*

Ahora ellos siempre están ahí, a Daniel le son familiares, los conoce desde que nació… y sonríe cuando los ve. Quizás es la alegría de volver a verlos o porque el viejo Cazoleiro le hace su típica morisqueta con los cachetes. Es igual, todavía ni los prejuicios sociales ni la educación de sus padres ejercen influencia sobre aquella compañía que le dan… es lógico que con el tiempo y la “información” que vaya recibiendo a medida que crezca, dejará de verlos como hace ahora.
También dará igual, ellos, su sangre, ya están tranquilos. Se cumplió una vieja tradición celta (curiosamente, compartida también con los indios charrúas) de que el niño recién nacido debe “perder” el cordón umbilical en la tierra natal. Allí los abuelos de los abuelos ya dormidos reciben el tejido orgánico que fue cordón nutriente y lo acomodan entre el polvo de sus propios huesos. La tierra entonces se enriquece y se renueva la esperanza de renacer.
Él los ve como nos contó García Márquez, en el mismo estado y con la edad que tenían cuando murieron.

*

- ¡Al fin… otra vez na terra! –observa con los ojos empañados en lágrimas el viejo Cazoleiro.

- É verdade… -contesta casi en un suspiro Amparo.

Los demás asienten con la cabeza sin dejar de mirar al bisnieto recién nacido, del que disfrutan y disfrutarán siempre. Y es que las raíces “volveron a terra”.

1 comentario:

montse rodriguez dijo...

Me he quedado sin palabras...
Precioso