LA VIDA POR UN SUEÑO

“UN FUTURO MEJOR” (JujoTorres) © 2003
Juan mira el sol a través de la diminuta ventanilla del avión y siente alivio, o mejor dicho, una explosiva mezcla de emociones que van desde la más profunda de las tristezas hasta la más desbordante alegría. Hakeem sólo tiene que elevar la vista para que el sol ilumine su cansado rostro, no se detiene mucho en esa tarea ni atiende de momento a las emociones, ya que todos sus sentidos están pendientes de llegar lo antes posible a la costa y no naufragar en el también colosal océano en que navega (junto con el resto de compañeros de patera).
Al avión le quedan poco más de diez horas de vuelo, las cuales se presentan eternas. Son diez horas en las que no podrá conciliar el sueño, son diez horas para pensar en los seres queridos que quedan del otro lado del océano, son diez horas de soledad y melancolía. A la vez sirven para descansar, un merecido recreo después de la interminable y agotadora espera para poner en regla sus papeles, para olvidar las humillaciones y la rabia acumulada ante un nuevo descalabro económico de algún cíclico país latinoamericano, provocado por el impresentable demagogo de turno.
Por suerte para Hakeem (y para sus compañeros de travesía), las aguas están bastante calmas, todavía le quedan varias horas (indefinidas horas, las cuales variarán según se comporte el clima y el oficio que tenga el patrón de la embarcación para llevarlos a buen puerto). Serán horas incómodas en las que apenas podrá moverse. Servirán para olvidar la terrible experiencia de atravesar el infernal desierto y el miedo a ser descubiertos, horas para descansar de la guerra, las torturas y las persecuciones. Y, fundamentalmente, para olvidar e intentar borrar de su memoria el hambre pasado.
Atrás quedan las dolorosas despedidas en el aeropuerto, intentará retener en su memoria aquellos rostros tal cual eran al partir, no variarán, no envejecerán, quedarán en su corazón y en su mente iguales, tal vez algún día vuelva de visita a su país y ahí sí verá reflejado (y ellos lo verán en él) el inevitable paso del tiempo. Lleva sus pertenencias materiales más importantes, ahora piensa en los superficiales que somos a veces y en la maldita costumbre que tenemos de rodearnos de objetos inútiles. Ahí van con él (en la bodega del potente avión) sus posesiones más preciadas, distribuidas en dos maletas de no más de treinta kilogramos cada una.
En las desoladas playas que lo vieron partir, sólo esperan otros tantos como él el turno para embarcar, aguardando el preciado momento de la huida. Intentará retener alguno de aquellos rostros que ahora lo miran, tal vez se encuentren más tarde al otro lado del mundo. Sus amigos y su familia quedaron mucho más lejos de la arena de aquella playa, están detrás de las otras arenas (el implacable océano de sílice que es el desierto). Lleva consigo su bien más preciado: su dignidad... y la ropa indispensable para cubrir su desnudez y protegerse del frío.
Ambos se encontrarán con una realidad muy distinta a la que vivieron hasta ahora, se insertarán en otra cultura, tendrán que convivir con otras costumbres y habrá que amoldarse a una nueva forma de vida (Hakeem tendrá que perfeccionar su nuevo idioma, Juan corre con ventaja en ese sentido). Deberán luchar día a día contra la inevitable melancolía de estar junto a los suyos, con los cuales reforzarán los lazos a la distancia y estarán en permanente contacto a través de un frágil hilo... una fría forma de comunicarse mediante teléfono, correo o e-mail.
Juan sabe que cuando llegue a destino lo arroparán y lo harán sentir uno más, el haber tenido una madre oriunda de donde él se dirige, lo transforma en un “Emigrante Retornado” (¡vaya!, piensa para sí, “Retornado” de un lugar del que nunca se fue, puesto que nunca estuvo allí... ¡qué contradicción!). Sebe que será respetado y que encontrará compatriotas y muchos que vivieron en su tierra (a la gran mayoría, aún le quedan familiares en su país). Ahora no le importa el hecho de dejar inconclusa una prometedora carrera universitaria (es consciente que muy difícilmente podrá terminarla), lo más importante es el trabajo que está seguro hallará.
Hakeem espera burlar a las autoridades locales y poder entrar en el país sin problemas, sabe que le espera una dura vida de clandestino (el anonimato de los “ilegales”), tendrá que lidiar con algún que otro rechazo y comentarios o actitudes xenófobas... da igual, el sólo quiere trabajar en la tierra que hace mucho tiempo fue habitada por sus antepasados (los cuales fueron parte fundamental e importante de la historia de aquel país al que se dirige). No se detiene a pensar que su título profesional no le valdrá de nada, no le preocupa, de hecho en su país tampoco le sirvió de mucho... sabe que conseguirá un trabajo.
Ambos no solo persiguen una mejora personal, están convencidos que esa prosperidad se traducirá en bienestar para los suyos, que quedaron del otro lado del mundo. Desean ayudar a sus seres queridos y, ¿por qué no?, también sueñan con un reencuentro.
Las luces que divisan a lo lejos (a sus pies, desde la ventanilla del avión... y en el horizonte, apareciendo y desapareciendo según el oleaje) son el principio del fin de los respectivos periplos. Muy distintos son los preparativos para la inminente llegada, se hacen en relativa calma en el Boeing y con un creciente nerviosismo dentro de la patera.
Juan sentirá alivio al recuperar las maletas luego de pasar los interminables y molestos controles de inmigración, se sentirá como nuevo al traspasar esas puertas automáticas que se abrirán a su paso como una invitación a una nueva vida... siente que aquello será el principio del resto de su vida. Hakeem no estará tranquilo hasta que esté seguro de que su llegada a la costa no fue advertida por ninguna fuerza de seguridad. Al sentir de nuevo la arena bajo sus pies, correrá con lo que le queda de fuerzas a buen resguardo... correrá hacia el tan preciado bienestar.

Dos personas, dos culturas, dos razas, dos países, dos historias, dos formas de llegar... pero una sola meta, un mismo objetivo, un único fin. Encontrar un futuro mejor.

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